El atleta del futuro (2068)

AtletaEl otro día me encontré leyendo un artículo de esos que te dejan pensando, algo poco usual en la era de los malditos 140 caracteres. Lo escribe Gabriele Marcotti, un periodista ítaliano que ahora vive en Inglaterra y ya de entrada se convierte en un ejercicio intelectual. Como ya sabrás (o tal vez no), me gustan esas historias deportivas que me transportan en el tiempo. Lo que no pasa muy seguido es que a uno lo lleven al futuro.

La idea es llamativa y original: el escenario es la final del Mundial 2068 entre Inglaterra y Brasil (confieso que me reconforta pensar que sólo así puede Inglaterra llegar a la final del Mundial). Marcotti nos describe al goleador inglés: se llama Wayne Barwick y está precalentando.

El tipo es fibroso y musculoso. El tratamiento de “Blood Spinning” al que se sometió años atrás ahora da sus frutos. El médico del club lo llama “racionalización” de su sangre: alterar la proporción de plaquetas / glóbulos blancos / glóbulos rojos. Sólo tienen que centrifugar la sangre para separar las plaquetas de los glóbulos rojos, aumentar 10 veces el número de las plaquetas, agregar calcio y trombina, y reinyectarlo en el torrente sanguíneo. Fácil. De esta manera se estimula la producción de la hormona de crecimiento humano (HGH) y por consecuencia se acelera la regeneración de los tejidos. Después de todo, cuando un atleta entrena, lo que está haciendo es destruir tejidos y fabricar tejidos más fuertes. El “Blood Spinning” es una manera de engañar al organismo y maximizar su poder de curarse a sí mismo.
Eso es sólo el comienzo. El doctor también le ha dado unas píldoras que incrementan sus respuestas motoras y sensoriales, factores que pueden marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso. Cuanto mejor se procese la información, más rápida serán las órdenes de las neuronas a los músculos.
El problema es que cuando uno se mueve más rápido, más energía consume. Y ahí aparece la fatiga, que no es otra cosa sino una alarma en el cerebro para pedirle al cuerpo que afloje un poco. Pero para eso también hay una solución: una píldora que inhibe una proteína que es la responsable de avisarle al cerebro. Si la inhibimos, el cerebro no detecta que el cuerpo está cansado. Entonces el cuerpo sigue. Simple, ¿no?
Además, la noche anterior el amigo Barwick durmió muy bien en la cámara hiperbárica montada en la habitación del hotel. Que no es tan impresionante como la que envuelve a toda su mansión Tudor de 300 millones de libras (recuerden, es 2068) pero funciona igual. Vivir y dormir en estas cámaras simulan los efectos de vivir en la altura y así se estimula la producción de glóbulos rojos. Años atrás los atletas usaban EPO (sustancia prohibida), pero ahora las cámaras hiperbáricas son algo imprescindible para cualquier jugador.
Barwick está elongando. Mide 2,10 y tiene sólo 6% de grasa corporal. Es un tipo grandote pero está en el promedio de la liga Euro-Asiática. La mayoría de los jugadores pasaron por terapia genética. Cuando Barwick tenía 12 años y ya despuntaba en las inferiores le hicieron un tratamiento que inhibía la proteína que limita el crecimiento muscular. Enseguida desarrolló el tamaño de su cintura y hombros, algo ideal si se debe sostener una gran masa muscular.
Por supuesto, una mayor masa muscular debe representar un problema para las rodillas, que no están acostumbradas a ese peso. Pero para fortuna del goleador, sus médicos también fueron previsores y le hicieron otro tratamiento, originalmente ideado para combatir la osteocondritis, para duplicar la fuerza de sus articulaciones.
Pero el fútbol es un juego de contacto y años atrás Barwick se rompió el ligamento cruzado. Antes eso era un problema grave. Hoy no tanto. Barwick fue previsor y tenía almacenadas células madre que le extrajeron años atrás. Y cuando se rompió el ligamento se lo regeneraron desde cero con sus propias células y volvió a jugar enseguida. En alguna bóveda en Suiza tiene algunas muestras más, por si acaso.
No es que piense todo el tiempo en todo esto. Es algo natural. No es sacar ventaja extradeportiva porque estas prácticas están disponibles para todos los jugadores de ese nivel. Barwick es una máquina de jugar al fútbol. Para Marcotti hay algo extraordinario en todo esto: la comunión entre el deporte y la ciencia para crear un Uberjugador.
UN NUEVO MARCO ETICO
Desde su creación, el fútbol en cuanto a su esencia no ha cambiado mucho. Se podrá jugar más rápido, más fuerte, aún con alguna modificación del reglamento. Pero los constantes avances en tecnología y medicina aplicada al deporte y la evolución de las costumbres sociales representan un desafío desde el punto de vista ético. Y aquí es donde Marcotti nos presenta a Art Caplan, Director del Centro de Bioética de la Universidad de Pennsilvanyia (Philadelphia). Para Caplan, la evolución del deporte globalizado y en constante evolución tecnológica exige que revisemos nuestra concepción de “el bien y el mal”, y de por qué y cómo jugamos.
Caplan sostiene que un marco ético debería tener en cuenta cuatro puntos básicos:
1-Las reglas del juego son una convención, un producto de los seres humanos, y como tal, sujetas a nuestro control. Pero las reglas del fútbol han cambiado muy poco en más de 100 años. A algún tradicionalista le puede gustar como una muestra de lo bien que hemos hecho las cosas, pero el no haber cambiado las reglas no es un mérito en sí mismo.
2Intentamos privilegiar la salud del deportista por sobre el rendimiento. De ahí que la lista de sustancias prohibidas crezca día a día. Aquí Caplan presenta una objeción: para empezar, cualquier deporte competitivo lleva consigo un daño a largo plazo. Creemos que el deporte es bueno para la salud, pero miles de atletas y del deporte que sean, coinciden en que el deporte competitivo está lejos de ser sano. Y celebramos el sufrimiento. Fuimos educados con la premisa de que 10.000 horas de entrenamiento nos convertirán en una estrella, y que si nos proponemos hacer el esfuerzo alcanzaremos nuestra meta, combatiendo el dolor o conviviendo con él.
Y acá, según Caplan, viene la gran contradicción: tratamos de proteger a los atletas pero celebramos las gestas épicas, cuando juegan lesionados, a veces arriesgando sus carreras en pos de la victoria. ¿Por qué entonces consideramos noble el que sacrifica su cuerpo en una cancha y denostamos a quien lo hace ingiriendo sustancias prohibidas?
Y la complica todavía más: algunas de las drogas prohibidas no son dañinas para la salud. Y cercano está el día en que las drogas sean a) indetectables o b) no tengan efectos nocivos para la salud. ¿Qué vamos a hacer entonces?, se pregunta.
3-Pretendemos que la competencia sea justa. Nos gusta que el deporte sea competitivo, (por ese motivo existen categorías en el boxeo). No queremos drogas que signifiquen una ventaja competitiva. Pero aún permitiéndolas para todos los atletas, sería engañarnos si pensamos que la competencia es justa. Quien pueda entrenar en la altura tendrá ventaja sobre quien no pueda. Y lo mismo vale para el que tenga mejores instalaciones, mejor equipamiento o se alimente mejor.
Y podemos llevar el argumento de la competencia justa aún más allá si tomamos en cuenta las diferencias genéticas. Porque por más que los atletas y entrenadores lo quieran negar, el éxito no viene tanto de la mano del esfuerzo, buen coaching, entereza de carácter u otros intangibles. Más bien se debe a la fibra muscular y coordinación. (escucho murmullos de desaprobación)
Caplan sabe que no suena bien, tal vez porque no suena justo. Sostiene que quien haya jugado, aunque sea a nivel colegial, sabe que el esfuerzo y compromiso poco tienen que hacer ante la capacidad atlética y habilidad. Y si ése es el caso, idolatrar a los mejores atletas, que son los mejores genéticamente, ¿no sería como idolatrar a la ganadora de un concurso de belleza, que es algo que uno no se ganó sino que nació con ello? Según Caplan, si queremos premiar a los que mejor trabajan deberíamos nivelar en cuanta categoría fuera posible, por tamaño, fuerza, agilidad, coordinación, etc, algo realmente impracticable.
4-El último punto por lo menos trae buenas noticias para el fútbol. Es el tema de la accesibilidad. Existe la creencia de que en teoría todos podríamos ser futbolistas, golfistas, o tenistas. Pero en algunos deportes esto no sucede. Fijémonos en las restricciones económicas de deportes como el polo o la Formula 1. Para el fútbol sólo se necesita una pelota. Y hay más buenas noticias: para los que le temen al monstruo del doping: sí, se puede incrementar la fuerza y la estamina, pero la clave está en la técnica, que es una combinación de habilidades motrices y coordinación.
En esto Caplan no me convence, aunque ponga de su lado el testimonio de Antonio Pintus, quien fuera preparador físico del Chelsea: “Se puede tener un cañón muy grande, pero hay que calibrarlo para que sea preciso”. No sé cuánto tiempo habrá jugado al fútbol Caplan pero sospecho que tiende a cero. Y entiendo que Pintus defienda su trabajo, pero cualquiera que conozca un poco del tema sabe que el doping no se concibe para pegarle mejor con tres dedos sino para correr más que tu rival los últimos 25 minutos del partido, para combatir la fatiga que hace que se cometan errores de juicio, para recuperarse lo más rápido posible para el siguiente partido y para evitar posibles lesiones, que ahí es donde se puede perder un campeonato.
EFECTOS ESPECIALES
Los desafíos en la era del deporte globalizado son enormes. El doping es tan viejo como la historia misma del deporte. Hemos recorrido un largo camino desde los primeros Juegos de la antigüedad, donde los atletas comían testículos de animales (léase testosterona) para incrementar sus fuerzas, hasta los últimos escándalos en el ciclismo, béisbol, y otros tantos, pasando por las aberraciones que sufrieron los atletas detrás de la Cortina de Hierro durante la Guerra Fría.
El mismo David Howman, director de la WADA, (Agencia Mundial Antidopaje, por sus siglas en inglés) le confiaría a un medio canadiense que su lucha es casi simbólica: “Uno gana peleas pero no batallas, y menos la guerra”. Y nada hace pensar que vayamos a estar mejor. Charles Yesalis, de la Universidad de Penn State y autoridad en doping corrobora ante el mismo medio: “Cuando miro deportes lo hago como quien mira una película de Spielberg. Sé que son efectos especiales. Sé que no es real.” Suena deprimente, pero tampoco desesperemos. Después de todo la gente aún se entretiene consumiendo Hollywood. Mientras haya una pelota de por medio y dos tipos o equipos que quieran derrotarse, el espectáculo va a existir siempre.
Y de última están esos pequeños refugios, y me refiero al casi olvidado deporte amateur, que siempre existirá para mostrarnos cuánto nos hemos alejado del deporte en estado puro y (si Dios quiere) marcarnos el camino de vuelta.
Valoro el artículo como ejercicio intelectual. Se puede estar de acuerdo o no, en un todo o en alguna parte. Lo importante es que nos lleve a pensar, y que nos demos cuenta que cada día que pasa tenemos la oportunidad de barajar y dar de nuevo. “Siempre estamos a tiempo para repensar”, dice Marcotti. “Tomarnos tiempo para ver qué es lo que realmente nos importa aún cuando tengamos que derribar mitos y salir de nuestra zona de confort. El deporte no es un axioma. Que haya funcionado durante mucho tiempo no significa que vaya a durar para siempre”. 

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BlizzardLectura recomendada:
“Blizzard”. Publicación de fútbol. 2012. GB.
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Photo Credit: photo by Official U.S. Navy Imagery on Flickr Attribution 2.0 Generic (CC BY 2.0)
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Una respuesta a El atleta del futuro (2068)

  1. A mí siempre me ha escandalizado lo que es el dopaje en el deporte, porque supone ir en contra de todos los valores que se pretenden trasmitir a través de su ejercicio. Pero también sé que con los intereses que hay puestos en él, no se podrá erradicar se diga lo que se diga. Un abrazo y muy buena reflexión.

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